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Desde sus inicios hasta nuestros días

Historia de la Meteorología
La meteorología, como ciencia es relativamente joven si se la compara con las matemáticas y la astronomía, pero como parte de los intereses humanos se remonta a tiempos inmemoriales. Probablemente nunca se sabrá cuándo la humanidad empezó a formular reglas para predecir el tiempo. La forma de vida prehistórica, recolectora, cazadora, dependía de los caprichos del tiempo, es así como la gente fue desarrollando poco a poco una sensibilidad casi intuitiva para las condiciones atmosféricas. Nosotros, los hombres modernos, a quienes nuestro ambiente urbano nos separa de la naturaleza hemos perdido mucha de esa "intuición".

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7 kbLa antigua sabiduría sobre cuestiones de la naturaleza y concerniente a la regularidad de los ciclos celestes, base de los primeros calendarios, incluía los cambios cíclicos en la Tierra y llegó a correlacionarse con el estudio de los fenómenos naturales. Por ejemplo, en Mesopotamia el ciclo estacional estaba definido por observaciones astronómicas y meteorológicas. De igual forma, en Egipto, donde la prosperidad material ha dependido siempre de las crecidas y bajadas del Nilo, la aparición periódica de estrellas en determinadas constelaciones, como el nacimiento de Sirio, la Canícula, indicaba las fases cíclicas de inundación y sequía. En Egipto se hizo uno de los primeros y más famosos pronósticos a largo plazo cuando según el libro del Génesis, José interpretó un sueño del faraón como la llegada de siete años de hambre que serían seguidos por siete años de prosperidad: una profecía que muy bien podría haberse basado en el ciclo de 14 años descubierto por los sacerdotes-astrónomos egipcios para las crecidas del Nilo.

Pero el conocimiento de las fluctuaciones del tiempo más a corto plazo, así como periodos extemporáneos de frío, calor, lluvia o sequía se hizo necesario. Uno de los primeros avances de la meteorología fue comprender que ciertos tipos de tiempo solían seguir a la aparición de determinados fenómenos. Este primer "indicio" de meteorología parece haberse desarrollado de manera independiente en diversas partes del mundo antiguo: los valles del Eúfrates y el Tigris, el valle del Nilo, del Indo, del río Amarillo y en las costas Mediterráneas. De esta forma, del conjunto de presagios, proverbios y dichos populares se fueron extrayendo gradualmente una serie de signos que se consideraban indicativos de acontecimientos futuros: algunos basados en la mitología y superstición, otros resumían conceptos sobre el clima fundamentado en cuidadosas observaciones del fenómeno natural (aspecto del cielo, vientos, acontecimientos como la migración de aves o la foliación de los árboles, entre otros). Los poemas épicos y los textos filosóficos de las civilizaciones antiguas son ricos en dichos populares acerca del tiempo. Los poemas épicos babilónicos datados en el 2000 a de C. contienen explicaciones gráficas de la creación y el diluvio, que evocan el poder de los dioses sobre los fenómenos atmosféricos. La epopeya del Gigalmesh incluye referencias a una violenta tormenta y descripciones de vientos huracanados, lluvia torrencial y las desastrosas inundaciones fechadas unos 1000 años antes que la versión bíblica.

Muchos siglos antes de la era cristiana, los babilonios, guardaban sus documentos en forma de tablilla de arcilla. Los astrólogos babilonios y caldeos eran los encargados de predecir fenómenos terrestres y astronómicos. Sus pronósticos se basaban en observaciones del movimiento planetario, fenómenos ópticos y aspecto del cielo, entre otros. Utilizaban en particular los halos lunar y solar e incluso distinguían dos tipos diferentes, el pequeño de 22 grados (tarbasu) y el mayor de 46 grados (supuru).

Hace más de 3000 años los chinos, asentados a lo largo de las fértiles márgenes del río Amarillo, eran capaces de vaticinar la llegada de las estaciones mediante las estrellas. Hacia el siglo III a. de C. habían establecido un calendario agrícola o ciclo meteorológico basado en los acontecimientos fenológicos y meteorológicos, dividiendo el año en 24 "festividades".

En general los pueblos antiguos consideraban los fenómenos naturales como manifestaciones del poder divino. Los sacerdotes rezaban ritos para obtener la benevolencia de los dioses y en épocas de malas cosechas y hambre, se les ofrecían sacrificios para aplacar su cólera. Entre las entidades divinas que se creían controlaban el mundo físico se encontraban: los dioses védicos de los indios, el Morduk de los babilonios, Osiris de los egipcios, el Yavé de los hebreos y muchas de las deidades del Olimpo, como Zeus y Poseidón. Cualquier intento de explicar los fenómenos atmosféricos por causas naturales estaba condenado y provocaba enfrentamientos entre la religión y la ciencia, que continuaron durante muchos siglos.

En el momento del surgimiento de la antigua civilización griega, el conocimiento del tiempo era una curiosa mezcla de mitología y astrología junto con una considerable dosis de conocimiento empírico basado en observaciones correctas de los fenómenos naturales. Sus primeros poemas, como La Odisea y La Iliada, que datan del siglo IX a. de C. todavía evidenciaban residuos de la actitud primitiva - Zeus estaría a cargo del aire y Poseidón del mar -, pero gradualmente se empezó a abordar el tema de forma más racional, primando la observación práctica.

En tiempos de Aristóteles, cuya vida transcurrió entre 348 y 322 a. de C. ya había arraigado con fuerza una aproximación científica a la meteorología. En su tratado Meteorológica se discutían objetivamente la mayoría de los elementos meteorológicos. Sin embargo, en aquel entonces igual que hoy, la gente estaba más interesada en conocer el tiempo que iba a hacer, que en entender el cómo y el por qué.

El interés por la meteorología continuó con los romanos, quienes se encargaron de compilar enciclopedias de ciencias naturales. Entre ellas, las más conocidas son la Historia Naturalis, de Plinio (recopilación de unos dos mil trabajos de autores griegos y romanos) y el Tetrabiblos, de Tolomeo (provisto de un resumen de los signos meteorológicos que se convirtió en la autoridad básica para la predicción del tiempo en la Edad Media).

La decadencia y caída del Imperio Romano después del año 400 no ofrecía un clima propicio para el conocimiento. Aunque el estudio de la meteorología en Europa nunca cesó del todo, durante los primeros siglos de la era cristiana no apareció ninguna idea nueva. Hasta después de la muerte de Mahoma (632 d.de C.), el conocimiento grecorromano, persa e indio se recopiló, fusionó y enriqueció gracias al trabajo de filósofos y científicos musulmanes, los cuales hicieron del Islam el centro de la civilización entre los siglos VIII y IX. El enfoque que los árabes le dieron a la meteorología, basado en observaciones astronómicas, fomentó la creencia tradicional de que el tiempo podía predecirse mediante el estudio del movimiento de los cuerpos celestes. Al margen de algunas ideas disidentes propuestas por individuos como Roger Bacon (1214-1294), que defendía el enfoque experimental de la ciencia basado en observaciones reales del fenómeno natural, prevalecía la teoría aristotélica. Los eruditos medievales la consideraban verdad indiscutible, completa e infalible: llegó a incorporarse en la doctrina de la Iglesia romana. Esto originó un absoluto bloqueo a todo progreso posterior en meteorología. Los libros que pretendían predecir el destino del hombre, del tiempo y otros asuntos mediante el movimiento de las estrellas y los planetas fueron recibidos con gran entusiasmo, considerándolos prometedores. Una de las primeras profecías fue "La carta de Toledo" de 1185. Un astrónomo llamado Johannes de Toledo predijo en septiembre del siguiente año que todos los planetas estarían en conjunción, lo que además de originar un viento traicionero que destruiría casi todos los edificios, traería también hambre y muchos desastres. Sus coetáneos estaban tan asustados que tomaron todo tipo de precauciones e incluso construyeron habitáculos subterráneos para protegerse. La predicción resultó ser completamente falsa, sin embargo los dos siglos siguientes se publicaron e hicieron otras "cartas toledanas" con presagios y calamidades similares.

En la Edad Media existía un gran interés por la astrometeorología. Johannes Kepler, Tycho Brahe y otras figuras de la historia de la astrología publicaron predicciones meteorológicas. Sin embargo no todos los eruditos medievales estaban convencidos de la validez de los pronósticos del tiempo basados en la astrología. Nicole Oresme (1323-1382) tenía poco respeto por sus contemporáneos astrometeorólogos y creía que el pronóstico del tiempo llegaría a ser posible sólo cuando se hubieran descubierto sus reglas exactas (aún hoy no existen tales reglas exactas).

Durante el periodo comprendido entre los siglos XIII y XVII puede comprobarse una modificación gradual de las anotaciones que hacían estos astrometeorólogos, haciéndose menos frecuentes las observaciones astrológicas y más contínuas y metódicas las observaciones meteorológicas. El principal corpus de meteorología medieval lo constituye la obra del meteorólogo inglés, William Merle, quien tiene en su haber la distinción de ser el autor del primer registro meteorológico sistemático conocido (desde enero de 1337 a enero de 1344). Escribió además un amplio tratado sobre la predicción del tiempo utilizando una serie de fuentes, yendo desde Aristóteles, Virgilio, Plinio y Tolomeo hasta la antigua ciencia popular inglesa sobre el tiempo.

Después del auge de la industria de la imprenta durante la primera mitad del siglo XV se pusieron de moda panfletos conocidos como "prognostica", la mayoría de ellos escritos en latín y provistos de una predicción del tiempo para el año preparada según las reglas de la astrología. En el siglo XVI alrededor de 600 pronosticadores diferentes dieron a conocer 3000 publicaciones. Una emisión de este tipo, fue el pronóstico hecho por Justus St jjer en 1499 para el mes de febrero de 1524. Aseguraba lluvias anormalmente copiosas para ese mes. Tales vaticinios causaron consternación general. Muchas personas buscaron refugio en lo alto de las colinas y como era de esperarse llegado el día del acontecimiento fatal nada ocurrió. También aparecieron trabajos de carácter más general que contenían reglas para predecir el tiempo, supuestamente aplicables a cualquier momento. El más famoso compendio fue Die Bauern-Praktik publicado en Alemania en 1508 y posteriormente traducido a los principales idiomas de Europa, denominándose la versión inglesa The Husbandman's practice (El trabajo del agricultor).

En los siglos XVIII y XIX se hicieron muy populares los almanaques de bolsillo encuadernados en rústica. El método adoptado para escribir estos pronósticos era el de evitar las afirmaciones tajantes en especial en lo que se refiere al momento y el lugar de los fenómenos, dejando hacer el resto al comportamiento siempre variable del tiempo atmosférico de las latitudes templadas. En América, Benjamín Franklin escribía y publicaba El almanaque del pobre Richard, donde vaticinó el tiempo durante 25 años desde 1732. Vendió 10.000 copias anuales. En alguna ocasión un profeta del tiempo que se haya aventurado a hacer una predicción en un almanaque haya dado casualmente en el blanco. El ejemplo clásico es el pronóstico de Patrick Murphy para el 20 de enero de 1838. En su Almanaque del tiempo para ese año, publicado en Londres, anotó "los grados más bajos de la temperatura invernal". Asombrosamente ese día no sólo fue el día más frío del año, sino que se lo calificó como el día más frío del siglo en Londres. En Doncaster el río Don se congeló.

Desde tiempos remotos se ha creído que la Luna ejercía un control sobre el comportamiento de la atmósfera. En Francia Jean Baptiste Lamarck publicó su Anuario Meteorológico desde 1800 a 1811 basándose en datos lunares; en Alemania Rudolf Falb fue conocido como el profeta lunar. Sus datos se incluían en el Daily Mail y eran recibidos con vehemencia por el público, aunque duramente criticados por los meteorólogos oficiales contemporáneos.

Hacia finales del siglo XIX los profetas astrológicos se aventuraron en especulaciones todavía más insólitas. Se decía que la atmósfera estaba a merced de fuerzas ejercidas por ciertos cuerpos celestes tales como una luna invisible que giraría alrededor de la Tierra, o una serie de anillos semejantes a los de Saturno o hasta un escurridizo planeta llamado Vulcano, dentro de la órbita de Mercurio.

La revolución científica, uno de cuyos precursores fue Leonardo Da Vinci, liberó a la ciencia de sus represiones medievales. Se inauguró en 1543 con la publicación de la teoría heliocéntrica del sistema solar de Nicolás Copérnico. Poco a poco comenzó a cuestionarse el concepto de la predicción del tiempo basada en el movimiento de los cuerpos celestes y se fue aceptando que el ciclo anual de las estaciones era controlado por el movimiento de la tierra alrededor del sol. Las observaciones meteorológicas instrumentales comenzaron en el siglo XVII cuando, en el año 1600, Galileo Galilei inventó el termómetro y su discípulo Evangelista Torricelli, hizo lo propio con el barómetro en 1643. Los nuevos instrumentos meteorológicos, que parecían un excelente medio para predecir el tiempo según los postulados del método científico defendidos en los años 1620 y 1630 por una nueva clase de filósofos (como Francis Bacon y René Descartes), despertaron extraordinario interés.

La gente se daba cuenta de que el valor de las observaciones meteorológicas se incrementaría bastante si fuese posible comparar resultados simultáneos realizados en distintas partes del mundo. Las primeras observaciones en equipo de las que hay registro se llevaron a cabo en París y Clermont, en Francia, así como en Estocolmo, en Suecia entre 1649 y 1651. El primer intento de establecer una red internacional de estaciones de observación meteorológica tuvo lugar en 1653 bajo el patrocinio del gran duque Fernando II de Toscana, fundador de la Academia del Cimento cuatro años después. Se construyeron instrumentos normalizados y se enviaron a observadores de Florencia, Pisa, Bolonia, Vallombrosa, Curtigliano, Milán y Parma; posteriormente llegarían a localidades tan alejadas de Italia como París, Varsovia e Insbruck. Se estableció un procedimiento uniforme para realizar las observaciones incluyendo la presión, la temperatura, la humedad, la dirección del viento y el estado del cielo. Los registros se enviaban a la Academia para ser comparados. Esta actividad cesó con el cierre de la Academia en 1667, pero sirvió de guía a los esfuerzos posteriores llevados a cabo en los siglos XVIII y XIX.

Antes de la introducción del mapa del tiempo, el barómetro era el instrumento decisivo en el pronóstico del tiempo. El primer pronóstico del que hay documentos basados en el comportamiento del barómetro lo realizó Otto von Guericke, de Magdeburg (Prusia), en 1660, quien predijo una gran tormenta a causa de una caída de presión rápida e intensa en su barómetro dos horas antes del fenómeno.

En 1723, James Jurin, secretario de la Royal Society de Londres, hizo pública una invitación para que se le enviasen anualmente a la Sociedad las observaciones meteorológicas. Acompañaban a esta solicitud instrucciones sobre el modo de realizar y registrar esas observaciones. Durante un tiempo la acogida fue gratificante; se recibieron respuestas desde Inglaterra y el continente, así como procedentes de Norteamérica y de la India. Estudiando estos registros, los científicos ingleses William Derham y Georges Hadley cayeron en la cuenta de que los cambios de presión no tenían lugar siempre en diferentes lugares a la vez. Posteriormente, el físico J. de Borda constató que los cambios de presión se propagaban con una dirección y velocidad íntimamente relacionadas a la velocidad del viento. Se daban así los primeros pasos hacia el reconocimiento del concepto de sistemas móviles de presión. A principios de 1730 una expedición dirigida por Vitus Bering estableció una red de estaciones en Siberia y, en 1759, Mikhail Lomonoscov propuso establecer otra red en Rusia.

El 21 de octubre de 1743 Benjamín Franklin quedó perplejo. Una tormenta afectó a Filadelfia y ocultó un eclipse lunar pronosticado para las nueve de la noche. Su hermano le había comentado que en la costa este de América, en Boston, 640 Km al nordeste, el eclipse se había visto bien y que la borrasca no había empezado sino hacia casi las 11 de la noche. Después de recoger el material de la información dada en los periódicos acerca del acontecimiento, llegó a la conclusión de que la tormenta, la lluvia y los vientos asociados con dirección nordeste se habían desplazado desde Georgia a Nueva Inglaterra, realizando por lo tanto el primer estudio sinóptico meteorológico en América.

Bajo la dirección del médico alemán Hermann Boerhaave, la profesión médica llegó a interesarse por la posibilidad de establecer una relación entre el tiempo y las enfermedades. En 1778 se fundó en Francia bajo el patrocinio de Luis XVI la Real Sociedad de Medicina para mantener correspondencia detallada y regular sobre asuntos médicos y meteorológicos con los doctores del reino. El meteorólogo francés Louis Cotte se comprometió activamente en la creación y mantenimiento de una red extensa de estaciones de observación para la Sociedad.

Antoine Lavoisier, impresionado por los experimentos realizados por Borda a principios de siglo con observaciones simultáneas, presionó para establecer una red de estaciones cubriendo toda Europa e incluso el planeta entero. Lavoisier pensaba que con esta información sería posible pronosticar el tiempo con uno o dos días de anticipación. Defendió también que un boletín publicado cada mañana sería de gran valor para la Sociedad. Sin embargo hubo que esperar el desarrollo de las comunicaciones que tuvo lugar más tarde (siglos XIX y XX) para que la transmisión de la información fuera rápida y los datos fueran analizados de manera significativa.

Durante el siglo XVIII, Mannheim, la capital del Palatinado del Rin, en Alemania, se convirtió en el centro de las artes y las ciencias bajo su elector Karl Theodor, quien en 1780 funda la Societas Meteorologica Palatina, con Johan Hemmer como director. Los corresponsales realizaban tres observaciones diarias y remitían a Mannheim para compararlos y publicarlos en el Ephemerides anual de la Sociedad. La red fue extendiéndose ampliamente, pasando de un núcleo de una docena de estaciones en 1781 a más de 50 observatorios durante el siguiente lustro. En sus publicaciones Mannheim utilizaba un sistema de símbolos cuyo origen se remontaba a los primeros proyectos de Pieter Van Musschenbroek y Johann Lambert y de los que aún hoy quedan vestigios en el código meteorológico sinóptico internacional.

Además de las redes de estaciones en el siglo XVIII hubo un gran número de individuos que realizaban y registraban sus propias observaciones.

Otra valiosa fuente de datos meteorológicos históricos de los siglos XVII y XVIII procede de los diarios de navegación.

La ciencia del tiempo náutico, basada en el comportamiento del mar, los vientos y el estado del cielo ha sido transmitida por una serie innumerable de marineros desconocidos desde la primera utilización de velas en las embarcaciones de altura (2000 a. de C.)

Puesto que estaban en juego las vidas humanas, constituye una rama del conocimiento empírico bastante fiable.

En Trabajos y Días, escrito por Hesíodo en el año 800 a. de C. se da información sobre el mejor momento para navegar, además de formular advertencias acerca de las crueles intervenciones de los dioses del tiempo. Más tarde, en los viajes más prolongados, se padecieron las diferencias geográficas de los vientos y el tiempo; los fenicios, los vikingos y los árabes, empezaron a reconocer y a sistematizar el conocimiento adquirido sobre los modelos meteorológicos a gran escala y los sistemas de vientos como el monzón y el océano Indico.

Durante los siglos XV y XVI la búsqueda de rutas marinas a la India y Catay por parte de los primeros exploradores como Cristóbal Colón, Vasco da Gama y Fernando de Magallanes, así como los largos viajes de descubrimiento realizados por navegantes como Edmon Halley y James Cook dieron como resultado un conocimiento mucho más amplio de la distribución geográfica del viento, de los modelos de circulación de las corrientes marinas y de las condiciones meteorológicas imperantes en la superficie de la Tierra. Edmond Halley asumió el mando del barco Paramour desde 1698 a 1700 durante un viaje especial al Atlántico Sur (primero con propósitos puramente científicos). Como los barómetros ordinarios no servían para el mar por el movimiento del barco, Halley llevó un barómetro marino, una combinación de termómetro de aire y alcohol, ideado por Robert Hooke. Este barómetro tenía inscripciones tales como "mucha lluvia", "variable", "muy seco", con determinadas alturas de la columna de mercurio, que después de todo sólo mostraban lo experimentado en Londres y que era poco fiable en otras partes del mundo. Los marinos no confiaron en este instrumento para la predicción del tiempo. No fue sino hasta el siglo XIX cuando se encontró un método satisfactorio para llevar a cabo las observaciones de presión. En 1850 el almirante Robert Fitzroy, como jefe del Departamento Meteorológico del Ministerio de Comercio, autorizó la omisión de las inscripciones en los barómetros marinos. Se dio cuenta de que era más importante anotar los cambios de altura en la columna de mercurio durante un periodo de tiempo conocido que anotar únicamente la altura real.

Los meteorólogos del período 1830-1840 no se sentían satisfechos, porque seguían sin ser capaces de pronosticar el tiempo con un día o menos de adelanto. Seguía sin haber medios para reunir las observaciones con rapidez como para poder producir un cuadro sinóptico de la situación meteorológica en un momento determinado y analizarlo después. H.W. Brandes, profesor de matemáticas y física en la Universidad de Breslau (Polonia) fue el primero en desarrollar la idea de una cartografía meteorológica sinóptica mediante la comparación de las observaciones meteorológicas realizadas simultáneamente a lo largo de una amplia zona. Pero fue gracias a un importante avance tecnológico que se potenciarían esos adelantos teóricos. En 1832, Samuel Morse concibió la idea del telégrafo y hacia 1840 había hecho posible su utilización como sistema aprovechable para comunicaciones rápidas. Fue desde entonces que se hicieron rápidos progresos en el campo del pronóstico meteorológico. En 1842, Carl Kreil, del Observatorio de Praga, sugirió que las observaciones meteorológicas debían ser enviadas por telégrafo como base para el pronóstico. En 1848, Joseph Henry, secretario del Instituto Smithsoniano de América, propuso organizar una red de estaciones de observación meteorológica a lo largo de los EE.UU. Discurrió que las conexiones telegráficas entre los estados orientales y los occidentales (recientemente descubiertos) proporcionarían un medio sencillo de advertir a los observadores de los estados orientales de las tormentas provenientes del oeste. Por otra parte el Daily News, en Inglaterra, le encargó al aeronauta James Glaisher la organización de la recogida de las observaciones meteorológicas de una red de estaciones instaladas en las Islas Británicas.

En 1849 más de 200 observadores estaban haciendo informes meteorológicos diarios para el Instituto Smithsoniano. Se exhibían las observaciones en un gran mapa, se tabulaban los informes diarios y se publicaban en el Washington Evening Post. Entre 1861 y 1865 estas actividades se abandonaron temporalmente debido a la guerra civil. Por el contrario, en Europa, un desastre ocurrido en época de guerra, impulsó el desarrollo de los pronósticos meteorológicos: las pérdidas sufridas por la flota anglo-francesa a causa de la fuerte tormenta del 14 de noviembre de 1854 en Balaclava, durante la guerra de Crimea, estimuló el interés oficial por el estudio sinóptico de los sistemas meteorológicos. Después de este desastre, Urbain Le Verrier, director del Observatorio de París recogió datos de cómo esta tormenta había viajado hacia el este a través de Europa. Esto propició en Francia el establecimiento del primer servicio nacional de advertencia de tormentas, basado en la recogida de informes meteorológicos telegráficos. La respuesta británica fue nombrar a Fitzroy, Director del Departamento Meteorológico del Ministerio de Comercio. El Departamento empezó preparando una serie de mapas meteorológicos diarios basados en las observaciones simultáneas realizadas en diferentes estaciones terrestres y marítimas emplazadas en un área de 40ºN a 70ºN y 10ºE a 30ºW. Los EE.UU. cooperaron con este plan, disponiendo que las observaciones se reunieran y se enviaran a Fitzroy. Este comenzó a publicar (abril de 1861) un pronóstico a tres días. Pero, lamentablemente, los otros asesores de Comercio pensaron que Fitzroy se había excedido de sus instrucciones emitiendo pronósticos en lugar de advertir de las tormentas ya registradas por otras estaciones. Como consecuencia, después de su trágico suicidio en 1865, los pronósticos se interrumpieron durante algún tiempo. Por miedo a las críticas que se habían hecho a Fitzroy, la nueva Oficina de Meteorología, trasladada a la Royal Society en 1867, intentó continuar el servicio de pronóstico sirviéndose tan sólo de reglas empíricas. Al convencerse de la futilidad del intento reemprendieron los mapas sinópticos y el "informe meteorológico diario". En febrero de 1874 se reanudó el sistema original de Fitzroy de transmitir los avisos de tormenta por telégrafo a las estaciones costeras donde se izaban las "señales de precaución".

En el Observatorio de París, Le Verrier, inventor del telégrafo meteorológico internacional, empezó a publicar pronósticos regulares en 1863, en el Boletín Internacional del Observatorio de París. Le Verrier (a diferencia de Fitzroy quien había indicado la presión mediante líneas verticales trazadas desde los paralelos de latitud) empleó isobaras. Estos campos de presión se han seguido utilizando desde entonces.

Durante la última parte de la primera guerra mundial, Bjerkness fundó el Instituto Geofísico de Bergen, en Noruega, con el principal objetivo de mejorar el servicio de pronósticos meteorológicos de la nación. Estableció una densa red de estaciones especialmente en el sur de Noruega, utilizando "meteorología indirecta" (método basado en informes detallados de las nubes, para compensar la falta de sondeos y medidas del aire de las capas superiores). El análisis de los mapas meteorológicos sinópticos iniciado en Bergen a partir de 1918 reveló la estructura fina del tiempo, ignorada por completo por los meteorólogos del siglo XIX. Bjerknes y sus colegas idearon modelos sinópticos de los frentes con los cuales fue posible integrar las observaciones realizadas en áreas amplias dentro de los modelos meteorológicos completos. La identificación de un ciclo vital definido en el desarrollo de los sistemas frontales de baja presión, desde su juventud, pasando por la madurez hasta llegar a su vejez, proporcionó un medio para predecir la actividad ciclónica, lo que permite extrapolar su movimiento futuro.

El meteorólogo sueco Tor Bergeron, también miembro de la Escuela de Bergen, hizo otra contribución de peso al análisis y pronóstico meteorológico, al identificar y clasificar las masas de aire según sus propiedades térmicas y condiciones de humedad.

Con la introducción de los sondeos realizados por medio de globos en los años 20 ya era posible comparar las observaciones actuales con las especulaciones acerca del comportamiento del aire superior. Al final de la década de 1930 fue por primera vez posible la utilización de radiosondas transportados por globos capaces de transmitir las medidas de presión, temperatura y humedad a una estación receptora en el suelo. Esto inició el establecimiento de redes de estaciones en las capas superiores del aire por todo el hemisferio durante y poco después de la segunda guerra mundial, permitiendo por primera vez la confección de mapas de los niveles superiores de todo el hemisferio norte.

Hasta 1950 los pronósticos se hacían casi enteramente mediante métodos sinópticos; se analizaba la situación meteorológica, se evaluaban los datos recibidos de los radiosondeos y posteriormente se extrapolaba la información sobre los sistemas meteorológicos para producir mapas similares para el futuro, 24 horas después. Desde el punto de vista teórico, en los años 50 se había alcanzado con toda seguridad el nivel de capacidad límite en términos humanos. Se convirtió en una tarea cada vez más difícil reunir, asimilar e interpretar la inmensa cantidad de datos con tiempo suficiente para avanzar al mismo paso que el tiempo.

Influenciado por el trabajo de Bjerkness y sus colaboradores, el matemático británico LF Richardson empezó en 1911 a formular un nuevo planteamiento del problema de la predicción del tiempo por métodos numéricos. Richardson tenía un sueño "Una fábrica de pronósticos", consistente en 64.000 computadoras humanas equipadas con mesas calculadoras, para mantenerse por delante del tiempo. Pero no era una proposición válida para la tecnología disponible en aquella época (1922).

Después de la segunda guerra mundial, con el desarrollo de las computadoras electrónicas de alta velocidad, los servicios meteorológicos dispusieron de una nueva tecnología con la que hacer aún más objetiva la medición del tiempo. A pesar de los avances tecnológicos la predicciones obtenidas por métodos numéricos a partir de los datos procesados automáticos siguen dependiendo, en última instancia, de los pronosticadores humanos.

El lanzamiento del Sputnik I en 1957 desde la URSS convirtió la idea de obtener una visión global del tiempo desde el espacio en una posibilidad práctica. En 1960, USA, lanzaba el primer satélite meteorológico completamente equipado.

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